Saltar al contenido
duelopérdidaculpavínculospsicología profunda

Despreciar lo que perdiste: la defensa que parece madurez

5 de agosto de 2026

Cerró su empresa hace un año. Cuando alguien se lo menciona, contesta rápido y sin que le tiemble la voz: ese negocio nunca valió nada, le robó ocho años, ya aprendió que no necesita socios. Su entorno lo lee como madurez.

Hay una segunda escena que en la superficie no se le parece. Alguien llega deslumbrado a tu equipo o a tu consulta: te pregunta todo, repite tus frases, dice que nunca había aprendido tanto de nadie. Cuatro meses después se molesta por cosas pequeñas. A los ocho se va hablando mal de ti.

Las dos escenas corren sobre la misma mecánica. Y ninguna de las dos es un defecto de carácter.

Ninguna defensa es un capricho: todas protegen de algo

El tomo que la colección Comprende la Psicología dedica a Melanie Klein organiza el desarrollo temprano en posiciones, y sostiene que cada una trae su propio «sistema de angustias y defensas». No hay angustia sin su defensa correspondiente, ni defensa que no responda a una angustia concreta.

En la primera de esas posiciones, lo que está en juego es el miedo a ser aniquilado, y el yo se protege partiendo en dos el objeto del que depende. El tomo lo nombra con el vocabulario del cuerpo del lactante: seno bueno y seno malo, sin mezcla posible.

Lo que vuelve todo esto utilizable para quien acompaña personas es otra afirmación, y conviene fijarla antes de seguir: estas defensas no son patología. El tomo describe esa organización temprana como «una especie de mal necesario», y añade que esas defensas siguen disponibles toda la vida y vuelven a activarse cuando la persona está frágil. No se superan de una vez. Se vuelven innecesarias, o no.

El mecanismo: partir en dos lo que no cabe entero

El tomo describe el arranque como división y proyección: lo positivo del objeto se integra, y lo negativo se expulsa hacia el mundo exterior.

Conviene detenerse en la economía de la operación —y aquí ya extendemos nosotros: el tomo describe lactantes, no equipos—, porque la misma mecánica se reconoce después en adultos y en organizaciones. Partir el objeto en dos no es un error de percepción: permite conservar algo bueno cuando lo malo amenaza con contaminarlo todo. Y sacar lo insoportable hacia afuera no es mala fe: es ponerlo donde sí se puede combatir.

Por eso el blanco y negro sube cuando sube la amenaza. No es que la gente se vuelva torpe bajo presión. Es que sostener el objeto entero —lo bueno y lo malo del mismo jefe, del mismo socio, de la misma institución— cuesta más de lo que hay disponible en ese momento.

Del pedestal al desprecio: el catálogo operativo

Idealizar. El tomo describe la imagen de un «seno ideal, bueno, generoso e inagotable» —el objeto parcial del que, en esa lógica, todo mana— y registra su factura: «tras una sobreestimación inicial del objeto suele darse una devaluación dictada por el resentimiento hacia el mismo objeto». La devaluación no es lo contrario de la idealización. Es su continuación lógica. Quien fue puesto en un pedestal ya trae fecha de caída, porque ningún objeto real es inagotable.

Meter lo propio dentro del otro. El tomo llama identificación proyectiva a la fantasía de introducir partes del yo en un objeto externo para poseerlo, controlarlo o dañarlo. Tiene una versión que vincula —proyectar lo bueno acerca—, pero el exceso vacía: «el individuo se sentirá agotado, drenado de esos contenidos mentales positivos». Es la mecánica de quien deposita lo mejor de sí en una empresa, un mentor o una pareja, y un día descubre que no le quedó nada propio.

Negar que se depende. En la posición depresiva el tomo describe las defensas maníacas, que restan valor al objeto: «Niegan su importancia y su dependencia, a fin de evitar el sufrimiento que podría causar su pérdida». Ahí está la primera escena. A esa devaluación la acompañan la sensación de omnipotencia y la negación de lo desagradable. El desprecio hacia lo perdido no prueba que se haya superado; a veces prueba exactamente lo contrario.

Reparar. El tomo presenta la reparación como la salida no defensiva: un proceso activado por el sentimiento de culpa que busca «restaurar la integridad original de los objetos dañados». No niega el daño ni la dependencia; los reconoce y trabaja sobre ellos. Y le da un estatuto que sorprende: «constituye para Klein un momento de gran creatividad del individuo».

Ese es el eje. Ante el mismo dolor —depender de algo que se puede perder— hay dos respuestas: negarlo o repararlo. Solo la segunda conserva el contacto con lo que de verdad pasó.

Lo que el tomo no dice

  • No son diagnósticos de personas. El material describe mecanismos universales del desarrollo, no tipos humanos. Decir de alguien que es esquizo-paranoide traiciona la fuente.
  • Los nombres son técnicos. Maníaco no designa el episodio maníaco de la psiquiatría actual, y paranoide no designa una psicosis: nombran organizaciones normales de la mente.
  • No toda defensa es un problema. El tomo insiste en su función evolutiva, y sobre las defensas maníacas apunta que Klein las veía también como «un paso necesario porque, en cierto sentido, reforzaban el yo y lo acercaban más al objeto».
  • Los bordes no están definidos. El material no aclara cómo se distingue en la práctica una proyección simple de una identificación proyectiva, ni cuándo la idealización deja de ser sana, ni cuándo la defensa maníaca deja de ser escalón y se vuelve obstáculo.
  • Vigencia parcial. El propio tomo reconoce que atribuir esta vida mental al lactante fue difícil de aceptar y lo sigue siendo, y registra que muchos estudiosos ya no toman en cuenta sus teorías sobre las posiciones —aunque sostiene que su descripción sigue siendo muy sugerente.

Falta una advertencia más, y esa es nuestra: llevar mecanismos descritos en el lactante a la conducta adulta consciente, y de ahí a un equipo o a una empresa, es una extensión analógica. Sirve para pensar. No es lo que el tomo afirma.

Qué hace con esto quien acompaña

En el diagnóstico: distingue autosuficiencia de omnipotencia. No necesito a nadie puede ser una conquista o una defensa, y no se separan por el discurso sino por el costo. Pregunta qué quedó de lo perdido: quien puede nombrar lo bueno de lo que se fue está reparando; quien solo puede despreciarlo sigue defendiéndose.

En la cultura de una organización: lee las polarizaciones como escisión colectiva bajo angustia. Un equipo partido en buenos y malos no necesita que le expliques los matices; necesita que baje la amenaza. Y revisa quién carga el papel de chivo expiatorio: suele estar recibiendo lo que el grupo no tolera de sí mismo.

En la formación y en el vínculo profesional: anticipa el ciclo. Si alguien te idealiza al llegar, la decepción no es un riesgo: es una etapa. Se administra bajando tú mismo el pedestal a tiempo. Vale para lo que prometes: vender una fuente inagotable fabrica el resentimiento del año que viene.

Y cuando alguien llega con culpa después de un error grande, no la despaches: ayúdale a convertirla en un acto de reparación concreto. La culpa negada produce grandiosidad o desprecio. La culpa encauzada abre la reparación.

Fuente: Comprende la Psicología (Salvat, 2017; textos de Anna Giardini, Ilaria Baiardini, Barbara Cacciola, Marina Maffoni, Laura Ranzini y Francesca Sicuro), tomo dedicado a Melanie Klein. Es una obra de divulgación sobre el autor, no obra primaria: lo que aquí se atribuye a Melanie Klein es lo que el tomo le atribuye. Los traslados al acompañamiento, al liderazgo y a la organización son aplicación propia del Instituto Gnozin, no contenido del tomo. Esta pieza es material de divulgación, no orientación clínica: no diagnostica, no sustituye una consulta profesional y no reemplaza una evaluación de salud mental.

Formación con validez oficial

¿Te interesa formarte en esto con respaldo académico?

La Maestría en Acompañamiento Humano del Instituto Gnozin cuenta con RVOE federal y se cursa 100% en línea. Déjanos tus datos y te enviamos la guía del programa.

Sin compromiso. Un asesor te contacta y tú decides.