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Sostener no basta: la otra mitad del cuidado es retirarse

5 de agosto de 2026

Lleva ocho meses contigo. Al principio no tomaba una decisión sin consultarte; hoy tampoco. La diferencia es que ahora te consulta con más confianza. Cada sesión trae una pregunta que esa persona ya sabe responder, y tú se la respondes rápido y bien.

Has hecho lo que se supone que hay que hacer. Estás disponible. Escuchas. Sostienes. Y aun así no despega.

Quien acompaña suele leer esa escena como problema del otro: le falta iniciativa, le falta madurez. Hay otra lectura, menos cómoda: el acompañamiento hizo bien la primera mitad del trabajo y nunca empezó la segunda.

De la dependencia absoluta a la independencia relativa

El tomo que la colección Comprende la Psicología dedica a Donald Winnicott sostiene que el desarrollo es una progresión «desde la total dependencia hasta la independencia relativa», y que su resultado depende de la cantidad y la calidad de los cuidados, no del cariño en abstracto.

Primero, el punto de partida. En la dependencia absoluta no hay todavía dos personas: el lactante no puede considerarse aún una entidad psicológicamente individual. El tomo lo dice más tajante: «no existe un niño sin una madre». La autonomía no es un estado que se pierda; es un logro que se construye entre dos.

El punto de llegada tampoco es la autosuficiencia. Es independencia relativa. El tomo no lo desarrolla, pero la consecuencia es clara: nadie deja de depender; se aprende a depender mejor. El modelo no castiga el retroceso: nadie está obligado a perder lo adquirido, ni pierde el sentido de sí mismo si vuelve atrás.

La primera mitad: sostener, tocar, devolver

El cuidado, en el tomo, no es actitud general sino funciones concretas y sucesivas. Empieza con la preocupación materna primaria, una identificación tan intensa que el propio tomo la llama una enfermedad normal: fuera de contexto sería patológica, y aquí permite intuir necesidades que nadie puede todavía nombrar. Viene con fecha de caducidad: termina cuando el pequeño reconoce sus necesidades y puede informar de ellas.

Sigue el holding, la función de contenedor frente a ansiedades que el tomo enumera sin metáfora: quebrarse en pedazos, caer para siempre, perder la relación con el propio cuerpo. El tomo es preciso sobre qué modula la disponibilidad de quien sostiene: «constancia y previsibilidad», además de la cantidad y la calidad de las atenciones.

Sigue el handling —tocar, limpiar, vestir—: con él, dice el tomo, la psique se asienta en el cuerpo y la piel se vuelve el borde entre el yo y el no yo.

Y está el espejo. El niño amamantado no mira el pecho: mira la cara de su madre, y lo que esa cara le devuelve es él mismo. El tomo trata ese rostro como el primer espejo de una persona, y no agota la función en la infancia: seguimos construyéndonos con los otros significativos.

Ninguna de esas funciones exige perfección, y el tomo le pone nombre propio a ese umbral: la figura que hace posible el desarrollo no es la madre perfecta, sino la madre suficientemente buenagood-enough mother—, «una mujer espontánea, auténtica y real que puede permitirse sentir y expresar ansiedades y preocupaciones, cansancio, rabia, desalientos y sentido de culpa», sin dejar por eso de ofrecer seguridad y amor. Es el mérito que el tomo le reconoce a Winnicott: relevar a quien cuida del deber de no equivocarse nunca.

La segunda mitad: la capacidad de «ir menos»

Después de la ilusión viene la tarea contraria: «desilusionar progresivamente al niño, exponiéndolo a las frustraciones y a los choques del mundo externo».

El tomo le pone nombre a esa retirada —la llama desadaptación— y la define como la capacidad materna de «ir menos», idónea y progresiva. No es dejar de sostener. Es sostener menos, a tiempo, en la dosis que el otro ya puede absorber.

Cuando esa segunda mitad no ocurre aparece la madre mágica y seductora del tomo: la que resuelve siempre, antes y mejor. Su efecto no es la gratitud. Es la regresión, o el rechazo.

El tomo define el object-presenting como poner el objeto a disposición del niño justo cuando se crea la necesidad. Es una regla de timing con dos maneras de fallar:

  • Demasiado pronto. Dar antes de que la necesidad exista «le quita al niño la posibilidad de experimentar la necesidad y el consiguiente deseo».
  • Demasiado tarde. Dar cuando la ventana se cerró lo empuja a suprimir el propio deseo.

El tomo añade tres riesgos del camino a la independencia, útiles como checklist: exigir antes de tiempo, sobreproteger por no reconocer las competencias nuevas, descuidar por no entender las necesidades.

Cuatro cautelas antes de usar esto

  • Suficientemente bueno no quiere decir que cualquier cosa valga. Las condiciones del tomo son exigentes y sostenidas. Y el umbral no está operacionalizado: no dice cuánta falta de sintonía es tolerable ni da criterios medibles del «ir menos».
  • No es determinismo ni es culpa. El paso del déficit temprano al malestar adulto se enuncia como posibilidad, no como sentencia, y la madre en dificultad es una condición, no un fallo moral. El tomo registra además la polémica de la época y nombra la deformación que Winnicott combatía: confundir la descripción de ideas abstractas con hablar de personas reales.
  • La negligencia no es frustración formativa. La desilusión que describe el tomo es gradual y posterior a una ilusión suficiente. Retirarse antes de haber sostenido no es pedagogía: es abandono con vocabulario técnico.
  • El modelo tiene huecos. El padre casi no aparece. Las edades son orientativas, no normativas. Algunos datos se enuncian sin fuente. Y las analogías que siguen —líder, mentor, organización— son traslación nuestra, no contenido del tomo.

Cuatro traslados al oficio de acompañar

Para auditar un proceso. Si a los ocho meses tu acompañado depende igual que el primer día, la pregunta no es qué le falta a él. Es cuándo estaba programada tu retirada. Nos sirve poner el «ir menos» en el calendario desde la primera sesión: qué dejas de hacer en el mes tres, qué en el seis. Una retirada sin fecha no ocurre.

Para dirigir equipos. Nos sirve leerlo así: la seguridad no la da el gesto memorable en la crisis, la da la repetición previsible. El líder-contenedor responde igual el martes que el jueves. Y hay una segunda función, más incómoda: la de espejo. Conviene auditar qué devuelve tu cara al equipo en la junta.

Para mentorear y delegar. El timing casi no necesita traducción. Dar la respuesta antes de que exista la pregunta ahorra tiempo y cancela el deseo de buscarla. Darla cuando ya se pidió tres veces enseña a no pedir. Entre esos dos errores está el oficio.

Para acompañar a quien cuida. El tomo observa que a una madre en dificultad «no se la puede ayudar con simples consejos»: la tarea que describe es la del especialista, y consiste en apoyar «la confianza de la madre en sí misma y en sus propias capacidades naturales». Nos sirve con cualquier cuidador agotado —un jefe, un docente, un hijo adulto—: casi nunca le falta técnica. Le falta confianza en la que ya tiene.

La medida de un buen acompañamiento no es cuánto te necesitan. Es cuánto dejan de necesitarte, y si eso ocurrió al ritmo que el otro podía sostener.

Fuente: Comprende la Psicología (Salvat, 2017; textos de Anna Giardini, Ilaria Baiardini, Barbara Cacciola, Marina Maffoni, Laura Ranzini y Francesca Sicuro), tomo dedicado a Donald Winnicott. Es una obra de divulgación sobre el autor, no obra primaria: lo que aquí se atribuye a Donald Winnicott es lo que el tomo le atribuye. Los traslados al acompañamiento, al liderazgo y a la organización son aplicación propia del Instituto Gnozin, no contenido del tomo. Esta pieza es material de divulgación, no orientación clínica: no diagnostica, no sustituye una consulta profesional y no reemplaza una evaluación de salud mental.

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