Por qué cambiar duele: asimilar y acomodar
30 de julio de 2026
30 de julio de 2026
Explicas algo nuevo. La persona asiente, lo repite con sus palabras… y lo que repite es lo que ya pensaba antes, con vocabulario nuevo. No es mala fe ni falta de atención. Es, según el tomo que Comprende la Psicología dedica a Jean Piaget, el primer movimiento de cualquier mente ante cualquier novedad.
La tesis del tomo parte de la formación de biólogo de Piaget: «La inteligencia humana es una manifestación, entre las más nobles e importantes, de la adaptación biológica para sobrevivir en el entorno». El desarrollo mental es «otra forma de adaptarse al entorno», y ese desarrollo es «un "camino hacia el equilibrio"».
Aprender, entonces, no es guardar información. Es adaptarse. Y la adaptación se ejecuta con dos funciones que están presentes a toda edad y que tiran en direcciones opuestas.
En la asimilación, lo nuevo se pliega a la forma mental que ya existe. El tomo lo formula con una simetría muy limpia: «El exterior se adapta al interior».
Los datos nuevos se colocan «de acuerdo a las reglas de funcionamiento mental» vigentes, y la imagen que usa el tomo es excelente: «los nuevos conocimientos [son] los huéspedes que se tienen que adaptar a las reglas de la estructura que los aloja». «Con la asimilación, la tendencia es la del mantenimiento y la de la conservación».
Aquí está la explicación de por qué ante lo nuevo repetimos lo viejo. El texto lo dice sin adornos: la mente fuerza lo desconocido dentro de lo conocido, «incluso con el riesgo de perder parte de la complejidad».
Eso último es lo que hay que mirar de frente. La asimilación funciona podando. Lo que no cabe en la estructura previa se pierde en la traducción, y nadie se da cuenta —porque desde dentro, la versión podada parece la cosa completa.
Y sin embargo no es un defecto. Sin asimilación no habría base ni identidad sobre la cual aprender nada. Una mente que acomodara todo se disolvería en cada dato nuevo.
La acomodación es el movimiento inverso: «el proceso con el cual las estructuras de la mente se modifican para dar cabida a nuevas informaciones externas». «El interior se adapta al exterior». Es lo que «impulsa hacia el cambio y la evolución, contrarrestando la tendencia a la conservación de la asimilación».
Y aquí el tomo explica, casi de pasada, por qué cambiar duele. Acomodarse es admitir que las propias estructuras «se le han quedado estrechas». La imagen que usa es doméstica y precisa: «es el dueño de la casa el que tiene que modificar, por lo menos en parte, sus propias costumbres».
No es que el aprendizaje sea difícil. Es que el aprendizaje real exige que quien aprende reforme la casa mientras vive en ella. Toda resistencia al cambio que se atribuye a comodidad o a mala disposición tiene primero esta explicación, mucho más económica: acomodar cuesta más que asimilar, siempre.
El tomo insiste en que conservar e innovar no son enemigos sino «las dos caras de la misma moneda», y que ambas actúan juntas en dosis variables: «de vez en cuando, es necesario un cierto grado de asimilación y de acomodación». En la conducta real «no siempre son fáciles de distinguir limpiamente». Son, dice, «los pilares fundamentales de la teoría piagetiana».
Lo que se obtiene de su juego es el equilibrio, y el tomo lo califica sin ambigüedad: «siempre es temporal». «Cada modificación externa, agrieta y rompe el precario nivel de equilibrio», y cada cambio obliga a «volver a negociar con el entorno».
Esto reencuadra la crisis. Si el equilibrio es temporal por diseño, entonces el periodo de desajuste que sigue a cualquier cambio —un ascenso, una mudanza, una pérdida, una tecnología nueva— no es una avería del sistema: es el sistema funcionando. La persona no se rompió. Está renegociando.
Para quien acompaña procesos de cambio, esa distinción vale mucho. Cambia la pregunta de «¿qué le pasa a esta persona?» a «¿en qué punto de la renegociación está?».
El tomo es explícito en que los dos mecanismos operan «durante todo el periodo de la existencia», y lo ilustra con un ejemplo cotidiano: el anciano frente a una pantalla táctil.
Vale la pena detenerse ahí, porque es exactamente lo que ocurre hoy con cualquier adulto ante una herramienta nueva. Primero asimila —intenta usarla como usaba la anterior—. Cuando eso falla lo suficiente, acomoda: reforma el esquema. Y el periodo entre una cosa y la otra, que se ve desde fuera como torpeza o como resistencia, es en realidad el trabajo de adaptación en curso.
El mismo par explica el micro-aprendizaje y las grandes transformaciones. El ciclo sensorio-motriz que el tomo describe en el lactante —«Descubre, experimenta, está satisfecho, repite, mejora»— es el mismo bucle que opera en un adulto aprendiendo un oficio.
Al enseñar: si lo que devuelve el alumno es su idea previa con palabras nuevas, no hubo aprendizaje: hubo asimilación. La señal de acomodación es distinta —aparece una reformulación que el que enseña no dio—.
Al dirigir un cambio: presupuestar el desajuste. No como riesgo a mitigar, sino como fase obligatoria. Un cambio que no produce ningún desajuste es un cambio que fue asimilado, es decir, que no cambió nada.
Al acompañar a alguien en crisis: distinguir si sus estructuras se le quedaron estrechas —y toca acomodar— o si está intentando meter una situación nueva en un esquema que ya no le sirve. Son dos trabajos distintos y se confunden con facilidad.
La frase del tomo que mejor resume el conjunto es también la más ambiciosa: «la persona cambia el mundo tanto como el mundo cambia a la persona». Ninguno de los dos movimientos, por sí solo, es aprender.
Fuente: Comprende la Psicología (Salvat, 2017; textos de Anna Giardini, Ilaria Baiardini, Barbara Cacciola, Marina Maffoni, Laura Ranzini y Francesca Sicuro), tomo dedicado a Jean Piaget. Es una obra de divulgación sobre el autor, no obra primaria: lo que aquí se atribuye a Jean Piaget es lo que el tomo le atribuye. Los traslados al acompañamiento, al liderazgo y a la organización son aplicación propia del Instituto Gnozin, no contenido del tomo. Esta pieza es material de divulgación, no orientación clínica: no diagnostica, no sustituye una consulta profesional y no reemplaza una evaluación de salud mental.
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