Todo lo que le propones le parece imposible: la zona donde nace lo nuevo
9 de agosto de 2026
9 de agosto de 2026
Le propones una salida y contesta que es imposible. Le propones otra y también. No está peleando contigo: lo dice con calma, casi con pena, como quien te explica una ley de la física. Y cuando le pides que imagine cómo sería el año próximo si las cosas salieran bien, se queda callado un rato largo y termina describiéndote el año que acaba de pasar.
Quien acompaña personas se topa tarde o temprano con ese punto muerto, y suele diagnosticarlo mal. No es que la persona rechace tus propuestas: es que no puede fabricar ninguna. Falta algo anterior a la voluntad y anterior a la información.
El tomo que la colección Comprende la Psicología dedica a Donald Winnicott sostiene que entre la realidad interna y el mundo externo existe una «zona intermedia comprendida entre lo que es el objeto y lo que se percibe subjetivamente». El tomo la nombra de varias maneras a la vez, y la acumulación de nombres ya dice algo: «espacio potencial, zona intermedia, tercera zona, lugar de descanso y sede de la experiencia cultural».
Es «una realidad intermedia, ni externa ni interna» que «conecta y al mismo tiempo separa estas dos realidades». Y el tomo advierte de entrada contra la tentación de aclararla: se trata de «una verdadera paradoja, que como tal tiene que ser aceptada y no resuelta».
Conviene detenerse ahí, porque es la instrucción de uso. Casi todo nuestro instinto profesional empuja a resolver: a decidir si algo es real o imaginario, viable o fantasía. Esta zona pide lo contrario.
La afirmación más incómoda del tema es esta: «si el niño no ha tenido suficientes experiencias de ilusión no será capaz de tener una percepción objetiva». La ilusión no es lo que estorba a la verdad. Es la etapa que la hace posible.
El recorrido va «de un estado de omnipotencia ilusoria» hasta llegar «a un estado de percepción objetiva», pero el tomo aclara que ese camino no es una línea: «el movimiento entre estos estados no ocurre de una manera lineal, y tanto los niños como los adultos oscilan entre dos posiciones». Al principio el niño «tiene que creer que de alguna manera él ha creado el pecho», y esa creencia es «elemento necesario para la estabilidad y la existencia del propio niño». Solo después la función materna pasa a ser «la de desilusionar a su hijo».
Entre la ilusión que sostiene y la desilusión que ordena se abre un hueco. La tercera zona es lo que amortigua ese hueco.
Quien primero puebla esa zona es el objeto transicional: la tela, el osito, también una cantinela. El tomo lo llama «el primer símbolo que crea» el niño, describe que despierta «un fuerte apego, sustituyendo en parte a la figura materna» y que funciona como «defensa contra la ansiedad, sobre todo la del tipo depresivo» a la hora de dormir.
De las siete características que el tomo enumera, la última es la que da el criterio práctico. El destino del objeto es «ser relegado a un limbo. No se olvida ni se elimina, sino que simplemente cesa su función». No se arranca ni se hereda: se apaga solo.
Todo el arreglo está protegido por un «acuerdo tácito» que consiste en «no hacerse ninguna pregunta sobre el origen y la naturaleza del objeto». Y con razón, porque el objeto «no es una fantasía, pero no está bajo el control del mundo real». Interrogarlo lo destruye.
Frente a él, el tomo coloca el amuleto, que no regula una ausencia temporal sino que sustituye una definitiva: «produce dependencia y es el motivo de profundas ansiedades». Ahí está la distinción que más rinde. Un apoyo legítimo tiene salida. Uno que no la tiene ya no es un puente, es una prótesis.
El heredero del objeto es el juego, y el tomo es tajante en que no se trata de un adorno del desarrollo: cumple «una función estructural para la completa personalidad». La formulación completa vale la pena entera: «solo mientras el individuo juega, no solo el niño sino también el adulto, es capaz de ser creativo y de hacer uso de su personalidad en un todo, y es solo en el ser creativo donde el individuo puede descubrirse a sí mismo». Jugar, dice el tomo, «quiere decir hacer».
Y no viene de fábrica. La capacidad de jugar «depende, para su existencia, de las experiencias de la vida». Donde hubo un cuidado fiable, la separación «crea en el momento de la separación una zona de juego inmensa». Donde no lo hubo, el niño «se muestra inquieto y es incapaz de jugar».
La creatividad que sale de ahí tampoco es la de los artistas: «no coincide solo con los productos de la actividad artística», está en quien «mira de una manera sana cualquier cosa o hace algo de manera deliberada», y aunque se empobrezca «nunca se puede anular del todo».
El remate le habla directo a cualquiera que acompañe: «la psicoterapia se puede entender como el espacio en el que se superponen dos zonas de juego, la del paciente y la del analista». Y si el otro no puede jugar, ese es el trabajo antes que ningún otro.
Lo que sigue es traslado nuestro, no contenido del tomo.
Diagnostica primero la capacidad de jugar. Antes de trabajar objetivos, mira si la persona puede ensayar, suponer, imaginar un escenario que no existe, reírse de sí misma. Si no puede, ninguna herramienta de planeación va a prender: estás pidiéndole que use una zona que tiene cerrada. Ahí el trabajo es la confianza, y es más lento.
Audita los apoyos con el criterio del limbo. Aplícalo a plantillas, metodologías, rituales y también a ti mismo como figura: ¿este recurso está diseñado para dejar de hacer falta, o para que sigan volviendo? Un buen apoyo se apaga solo. Diseña la salida desde el principio y no la anuncies como retirada.
Protege las zonas de ensayo. En un taller, en un piloto, en un prototipo, el juicio de realidad se suspende a propósito y por un rato acotado. Quien entra a corregir la viabilidad demasiado pronto no está siendo riguroso: está cerrando la única zona donde algo nuevo podía aparecer.
Queda un uso de fondo, y es el que más se nota en el trabajo con directivos. El tomo opone la complacencia de quien solo se adapta a la apercepción creativa, que describe como «vivir el mundo poniendo un pedazo de uno mismo», y resume la diferencia en un par de expresiones: «vivir creativamente y vivir simplemente». Mucho de lo que llamamos falta de compromiso no es desinterés. Es alguien que dejó de poner un pedazo suyo porque nadie le dejó una zona donde ponerlo.
Fuente: Comprende la Psicología (Salvat, 2017; textos de Anna Giardini, Ilaria Baiardini, Barbara Cacciola, Marina Maffoni, Laura Ranzini y Francesca Sicuro), tomo dedicado a Donald Winnicott. Es una obra de divulgación sobre el autor, no obra primaria: lo que aquí se atribuye a Donald Winnicott es lo que el tomo le atribuye. Los traslados al acompañamiento, al liderazgo y a la organización son aplicación propia del Instituto Gnozin, no contenido del tomo. Esta pieza es material de divulgación, no orientación clínica: no diagnostica, no sustituye una consulta profesional y no reemplaza una evaluación de salud mental.
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