Todos los datos y ninguna persona: la agnosia de quien evalúa
5 de agosto de 2026
5 de agosto de 2026
Tienes el expediente delante. Hay resultados de pruebas, hay historial, hay comentarios de terceros, hay una escala aplicada con cuidado. Nada está mal hecho. Y sin embargo, cuando alguien te pregunta quién es esa persona, te descubres repitiendo rasgos sueltos en vez de contestar.
No es un problema de atención. Es un problema de integración. Y hay una figura clínica que lo retrata con una precisión incómoda.
El tomo que Comprende la Psicología dedica a Oliver Sacks describe al doctor P., un músico que conservaba intacta la capacidad de ver detalles y había perdido la de ver totalidades. Ante una rosa, la describía como «una forma lineal roja con un apéndice verde». Cada rasgo, exacto. El objeto, ausente. Un día confundió la cabeza de su esposa con un sombrero.
Lo interesante no es el cuadro clínico, sino el uso que el tomo hace de él: convierte al doctor P. en espejo de las disciplinas que saben «captar detalles, observar elementos, reconocer estructuras» y no saben «integrarlos en una unidad superior: la persona». La agnosia deja de estar del lado del paciente. Pasa a estar del nuestro.
De ahí sale la tesis que el tomo atribuye a Sacks y que ordena todo lo demás: personas, no casos. No es una concesión sentimental ni una rebaja del método. El tomo lo formula al revés: «La ciencia no pierde rigor en sus narraciones, sino que la convierte en una disciplina humanística».
El tomo sitúa el origen de ese método en Despertares, cuando Sacks decide mirar a una de sus pacientes, Magda B., «como a una persona antes que como a una paciente». Parece un matiz de trato. Es un cambio de reglas.
Lo que se mueve es dónde vive el rigor. Deja de estar en el tamaño de la muestra y pasa a la observación escrupulosa de un solo sujeto y de la realidad que lo rodea. La biografía entra como dato, no como decoración del dato.
El giro es doble. Es epistémico, porque cambia qué cuenta como dato válido. Y es ético, porque cambia a quién se reconoce: a un sujeto, no a un ejemplar de una categoría. Ahí se decide si una evaluación sirve o se vuelve una etiqueta.
El tomo despliega tres hallazgos que no aparecen cuando se observa un caso, y sí cuando se observa una vida.
Está el doctor Carl Bennett, cirujano con síndrome de Tourette, que opera casi doscientos minutos seguidos sin un solo tic. El tomo describe que la acción diestra y absorbente —cirugía, música, natación, ritmo— revierte los tics, y lo explica, sin desarrollarlo, por la movilización de ciertos engramas neuronales al cambiar de rol. Bennett rechaza medicaciones que aplanan su personalidad y dice del síndrome: «No la considero una enfermedad, sino como una parte de mí».
La frontera entre persona y trastorno es más porosa de lo que suponemos. Suprimir un síntoma puede, en algunos casos, amputar identidad.
Está Tony Cicoria, alcanzado por un rayo, que desarrolla después una necesidad de música repentina e insaciable, vivida como un renacimiento. El tomo no cierra el asunto: pregunta si se trata de un intento del cerebro por reorganizarse tras el trauma, y deja la pregunta abierta en su forma más filosa: «¿Cabría hablar pues de enfermedad o más bien de un don?».
Y está Guam, donde el tomo relata que los enfermos graves de Lytico-Bodig viven rodeados: pasillos llenos de familiares, celebraciones dentro de la habitación. Los lazos, ante la enfermedad, «no solo se mantienen sino que se intensifican y se refuerzan». El propio Sacks confiesa su desconcierto, porque aquello invitaba a pensar de otro modo la ética de la enfermedad.
El contraste importa: si en otras culturas el enfermo crónico queda solo, eso no es una necesidad biológica. Es una decisión cultural.
Aquí conviene frenar: es el terreno donde el concepto se deforma con más facilidad.
El método además tiene un precio público que el tomo no oculta: «Se lo acusó de sacrificar el rigor en aras de la legibilidad», y de acercar a sus pacientes al espectáculo más que a la medicina. Sacks reivindicó respeto y no curiosidad morbosa. El tomo deja el debate sin veredicto, y hay que decir que, siendo divulgación, inclina la balanza a su favor. La misma raíz que da fuerza al método —narrar personas reales— es la que lo pone en riesgo.
Lo que sigue no está en el tomo. Es cómo lo trasladamos en el Instituto.
En la evaluación. Leer la historia completa antes de clasificar. Antes de asignar un perfil, un diagnóstico o una casilla de desempeño, poder contar en voz alta quién es esa persona y qué le ha pasado. Si no puedes contarla, todavía no la evaluaste: acumulaste datos sobre ella.
En la identidad. Tratar los rasgos incómodos como material integrable y no solo como defectos a extirpar. La pregunta útil no es cómo eliminamos esto, sino qué función cumple y qué se perdería con ello. Y vale la pena mirar dónde esa persona se absorbe por completo en una tarea con sentido, porque ahí suele reorganizarse lo demás.
En la cultura de una organización. Una cultura se mide por cómo trata a sus miembros vulnerables: el que enfermó, el que ya no rinde igual, el que atraviesa un duelo. Lo que hace la organización en ese momento no es un gesto blando. Es el dato más duro que tienes sobre ella.
En la formación. Contar personas concretas, no promedios. Y usar testimonios reales con las dos manos: con respeto por quien aparece en ellos y con honestidad sobre lo que un solo caso puede probar, que es poco.
Ver el detalle es una habilidad. Integrarlo en alguien es otra, y no viene incluida. Se entrena aparte.
Fuente: Comprende la Psicología (Salvat, 2017; textos de Anna Giardini, Ilaria Baiardini, Barbara Cacciola, Marina Maffoni, Laura Ranzini y Francesca Sicuro), tomo dedicado a Oliver Sacks. Es una obra de divulgación sobre el autor, no obra primaria: lo que aquí se atribuye a Oliver Sacks es lo que el tomo le atribuye. Los traslados al acompañamiento, al liderazgo y a la organización son aplicación propia del Instituto Gnozin, no contenido del tomo. Esta pieza es material de divulgación, no orientación clínica: no diagnostica, no sustituye una consulta profesional y no reemplaza una evaluación de salud mental.
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